To infinity... and beyond!
Un post compartido... que funciona
Qué fuerte. Gracias.
A los que mostraron su mejor cara de sorpresa, a los que me animaron a seguir y, sobre todo, a los que se lanzaron de cabeza a continuar el relato (de elaboración veraniega, en un principio) que planteaba ayer a los radioactivos. Ya sabéis, me comprometo a continuar diariamente el párrafo que salga de vosotros, y así sucesivamente. En negrita siempre escribiré la continuación que más me gustó. No diré la mejor, porque todos los textos que he recibido me parecen magníficos. Para que luego digan que no sabemos trabajar por amor al arte en este país.
Qué fuerte. Muchas gracias.

Hasta entonces no había reparado en el color del cielo. Estaba completamente blanco, como si brillara. Había oído en la radio esa mañana que era un efecto del calor, de la formación de un tipo de nubes finísimas, muy raras en esa época del año. La meteoróloga lo contaba como entusiasmada, como un acontecimiento que nadie debiera perderse. Menuda chorrada. Apuntaba la vista a lo alto, a través del ventanal, por encima de los edificios, para no mirarla directamente a los ojos.
Ella en cambio buscaba mi mirada, un gesto o algo que le indicara que seguía con vida. No era para menos. Deseaba dentro de lo más profundo de su corazón que nada de lo que había contado fuera cierto, que yo no era así, que no podía haber hecho todas las cosas que le acababa de relatar y que me despojaban de cualquier máscara de ser humano que pudiera ocultar mi verdadero rostro. Quizá esperaba que debajo de mi máscara hubiera un monstruo. Pero no existía tal máscara ni monstruo. Bajé la vista para contemplar su bello rostro por última vez.
Entonces apenas puede volver a ver aquellos ojos verdes magnéticos, uno más claro que el otro. El contorno rojo por el mar de lágrimas apenas dejaba rastro alguno de la mirada que me enamoró. Cuando se tapó la cara, sollozando, se desmoronó tanto el flequillo que se le pegó a los labios. Me incliné para acercarle un pañuelo, pero el gesto sólo sirvió para pulsar el botón del llanto. Metió la cabeza entre las manos y los codos se apoyaron en la interminable, muy brillante mesa de aquel bufete sonando a metálico. Fueron un par de golpes secos. De su cuello aún colgaba la medalla de mi madre.
Continuará...
Sobre este blog
RADIOACTIVO, el blog de Piñe
José Antonio PiñeroJosé Antonio Piñero (Puerto Real, Cádiz, 1975) lleva 20 años pegado a un micrófono.
Lo viste en Canal Sur y lo escuchaste en RadioVoz, en Onda Cero y ahora en PUNTO RADIO, donde dirige y presenta los Servicios Informativos del Fin de Semana, galardonados con la Antena de Oro 2007.
japinero@puntoradio.com
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2 comentarios · Escribe aquí tu comentario
AD dijo
Esa maldita medalla que cada vez que entraba en mi campo de visión quedaba ciego. Me evocaba todo aquello que nunca quise ser, y que aún así, no podía evitar ser. Todos esos recuerdos que repiqueteaban mi cabeza y me taladraban el cerebro. Siempre le rogaba que la tapase, que no me dejara ver esa maldita distinción de mi maldad. Y casi siempre me hacía caso sin saber porqué me dolía tanto. Pero quizá, ahora que lo sabía casi todo, su intención era avergonzarme enseñándome ese endiablado emblema para mi vergüenza. Pero lo que ella no esperaba era que su gesto consiguió justo lo contrario. Recordé.
Anónimo dijo
No podía creerlo ,estaba a punto de firmar la separación de la mujer con la que había compartido los últimos díez años. Entre nosotros hacía mucho tiempo que desapareció la pasión y quedó la costumbre...No había brillo en la mirada ni mariposas en el estómago… Cuántas veces imaginé ese momento y nunca me atreví a dar el paso. Mi vida daba un giro, volvía a estar solo ante el destino y por primera vez en mucho tiempo era yo quien llevaba las riendas. Firmé los documentos y cogí mi pequeña maleta, mi única compañera de viaje.
Cádiz.
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